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Cómo sobrevivir a la depresión postvacacional (sin reservar otro viaje compulsivamente)

Lunes de principios de septiembre.
La maleta ya está deshecha, la playa parece un recuerdo lejano y el móvil vuelve a llenarse de notificaciones.
Hace tres días tu mayor preocupación era encontrar mesa para cenar y ahora tienes 147 correos sin leer.
Y tú te sientes regular.
Cansado, desmotivado y preguntándote por qué alguien consideró alguna vez que septiembre era un buen mes para empezar cosas.
Tranquilo: que volver de vacaciones se haga cuesta arriba no significa necesariamente que hayas elegido mal tu vida.
El llamado síndrome postvacacional suele aparecer precisamente por eso: después de unos días viviendo a otro ritmo, toca adaptarse de nuevo a horarios, obligaciones y rutinas.
La buena noticia es que, en la mayoría de los casos, es temporal.
El problema no son las vacaciones: es el contraste
Durante las vacaciones cambian casi todas las reglas que ordenan nuestros días.
Dormimos y comemos a otras horas, decidimos más sobre nuestro tiempo, tenemos menos obligaciones y hacemos más cosas simplemente porque nos apetecen.
Y entonces volvemos.
Despertador.
Correos.
Reuniones.
Compra.
Lavadoras.
Colegios.
Tráfico.
Ese Excel que misteriosamente ha sobrevivido perfectamente sin ti durante tres semanas y ahora vuelve a necesitarte con urgencia.
Cuanto mayor sea la distancia entre tu vida de vacaciones y tu vida cotidiana, más se nota el aterrizaje.
Por eso, aunque solemos hablar de “depresión postvacacional”, no estamos hablando necesariamente de una depresión clínica.
Los expertos la describen más bien como una respuesta de adaptación a un cambio brusco de ritmo y, normalmente, mejora a medida que recuperamos horarios y rutinas.
Eso no significa que haya que quitarle importancia.
Si el malestar se prolonga, empeora o interfiere de forma importante en tu día a día, lo recomendable es consultar con un profesional.
Pero si simplemente llevas dos días mirando por la ventana de la oficina pensando que a estas horas la semana pasada estabas pidiendo otro mojito, probablemente necesites un poco de tiempo.
Antes de comprar un vuelo a Lisboa…
Entonces aparece la solución aparentemente infalible: reservar otro viaje.
Porque tener una escapada en el calendario hace ilusión.
Y porque buscar vuelos es bastante más entretenido que responder los correos acumulados durante agosto.
Pero si llevas exactamente 37 minutos trabajando y ya estás comparando hoteles en Lisboa, quizá convenga esperar un poco antes de sacar la tarjeta.
Reservar otro viaje puede darte un pequeño chute de alegría, pero no cambia aquello que ha hecho difícil la vuelta.
Si has regresado durmiendo mal, con una agenda imposible y veinte cosas pendientes, tener un vuelo dentro de tres semanas no hará desaparecer ninguna de ellas.
El objetivo no debería ser escapar cuanto antes de la rutina, sino conseguir que la rutina tampoco sea un lugar del que necesites escapar constantemente.
Y para eso hay algunas cosas bastante más eficaces que abrir una pestaña de vuelos en modo incógnito.
Tu plan de aterrizaje
No necesitas reinventarte en septiembre, apuntarte al gimnasio, empezar a meditar, aprender italiano y organizar todos los armarios de casa.
Necesitas aterrizar.
Si puedes, evita volver de vacaciones el domingo a las 23:40 para estar el lunes a las 8:00 delante del ordenador.
Dejar uno o dos días entre el regreso y la vuelta al trabajo ayuda a recuperar horarios y resolver esas pequeñas tareas domésticas que parecen insignificantes hasta que llegan todas juntas.
Y si quieres aprovechar el viaje hasta el último minuto —totalmente comprensible—, intenta al menos hacerte la vuelta fácil.
- Recupera el sueño.
Volver progresivamente a tus horarios habituales, buscar luz natural por la mañana y no alargar las noches como si todavía estuvieras de vacaciones ayuda a que el cuerpo entienda que hemos cambiado de pantalla.
- Quítate decisiones de encima.
Deja algo de comida preparada, piensa qué vas a ponerte, organiza el transporte y resuelve las pequeñas cosas que sabes que necesitarás al día siguiente. Cada decisión que no tengas que tomar un lunes por la mañana cuenta.
- No intentes recuperar tres semanas en tres horas.
Dedica el primer rato de trabajo a revisar qué ha pasado, ordenar prioridades y decidir qué necesita realmente tu atención. Spoiler: probablemente no todo sea urgente.
- Recupera el ritmo, no la intensidad.
Muévete, sal a la calle, vuelve poco a poco a tus horarios y reserva algún plan agradable entre semana. Si todas las cosas buenas del año ocurren durante las vacaciones, la comparación con cualquier martes será inevitablemente injusta.
No se trata de convertir el martes en Bali.
Pero sí de conseguir que el martes también tenga algo que no quieras cancelar.
Volver con una cosa menos en la lista también ayuda
Hay otra estrategia bastante sencilla para que el aterrizaje sea más llevadero: intentar que al volver te esperen menos cosas, no más.
Y algunas puedes dejarlas resueltas incluso antes de irte.
En aparca&go lo vemos cada día.
Saber que cuando aterrices tienes resuelta la vuelta a casa con tu propio coche ya hace el regreso un poco más fácil.
Y si durante los días que has estado fuera has aprovechado para lavarlo, pasar la ITV o hacer esa revisión que llevabas semanas posponiendo, mejor todavía.
No va a conseguir que tengas ganas de abrir el correo del trabajo.
Pero sí que vuelvas con una cosa menos en la lista.
Y después de un viaje, eso se agradece bastante.
Cuando se te pase el bajón, hazte una pregunta
Pasados unos días, merece la pena mirar atrás y preguntarse qué hizo que la vuelta resultara especialmente dura.
Quizá la respuesta sea sencilla: habías dormido poco, volviste demasiado tarde, tenías la nevera vacía y pretendiste recuperar toda tu vida en 24 horas.
Eso tiene fácil solución para el próximo viaje.
Pero quizá la vuelta simplemente haya puesto el foco sobre algo que ya estaba ahí antes de irte: una agenda que no te deja respirar, una rutina que no te gusta o un trabajo que lleva tiempo generándote malestar.
No hace falta replantearse la vida un lunes de septiembre.
Pero tampoco ignorar sistemáticamente lo que te está diciendo.
Porque una cosa es echar de menos las vacaciones y otra muy distinta necesitar unas vacaciones permanentes de tu propia vida.
Viaja otra vez. Por supuesto.
Que reservar un viaje compulsivamente no sea la solución al síndrome postvacacional no significa que haya que pasar el otoño encerrado en casa reflexionando sobre nuestras decisiones vitales.
Viajar sigue siendo una idea estupenda.
Cuando hayan pasado unos días y vuelvas a sentir que llevas tú el volante —metafóricamente hablando—, abre esa pestaña de vuelos otra vez.
Y antes de reservar, hazte tres preguntas:
- ¿Lo reservaría también hoy si hubiera tenido un buen día?
- ¿Cabe en mi presupuesto y en mi agenda sin añadir más estrés?
- ¿Quiero ir a ese sitio o simplemente quiero irme de aquí?
Si las respuestas cuadran, adelante.
Empieza a pensar dónde vas a dormir, qué quieres ver, qué vas a meter en la maleta y, ya que estamos, dónde vas a dejar el coche.
Porque tener otro viaje por delante puede ser maravilloso.
Pero resérvalo porque te apetece ir, no porque no soportas estar.
